Apostilla a lo de ayer en México.

Jorge Alemán lleva cuarenta años ocupado en pensar la configuración de pensamiento que anude o desanude la relación Marx/Freud/Heidegger/Lacan.  Aparte de su genio personal, la vinculación Heidegger/Lacan en el horizonte del pensamiento emancipatorio es cabalmente lo que convierte a su obra en única y decisiva para nuestro presente.   Empiezo a recibir comentarios a la conversación de ayer en el marco de la serie que Gerardo Muñoz organizó para 17 Instituto de Estudios Críticos y veo que hay algo por decir, esto es, por repetir, que a mí me pareció particularmente relevante, y que sin duda tiene todo que ver con el lazo Heidegger/Lacan en la constelación emancipatoria—pero parece que se trata de algo difícil de escuchar, o de oír, y que queda tapado y ocluido una y otra vez y nunca llega a adquirir eco o verbalización suficiente, como si hubiera algo en el aire que actuara como antídoto fulminante contra ello. 

No tengo la transcripción en audio de la sesión de ayer y por lo tanto solo puedo usar mis notas, que sin duda estarán determinadas por conversaciones previas y por lo que yo he ido aprendiendo de Jorge escuchándolo y leyendo sus libros.   Pero no pretendo de ninguna manera insinuar que lo que voy a decir sea algo con lo que Jorge se sienta particularmente cómodo—eso tendría que decirlo él.  Hablo solo en mi propio nombre. 

Jorge, en la estela de Lacan, se siente parte de una constelación de pensamiento que llamamos antifilosofía, y que él retrotrae, para su propia generación, a cierto intercambio entre Althusser y Lacan en los años 60.  Lacan pensaba que el postfreudismo anglosajón habría traicionado el pensamiento de Freud hacia lo que podemos llamar su metafisicalización a pesar de la distancia que Freud siempre se esforzó por mantener respecto de cualquier ontología.  En consecuencia, el “retorno a Freud,” paralelo al “retorno a Marx” de Althusser, fue desde siempre un intento por liberar a Freud de la camisa de fuerza metafísica a la que el análisis estaba ya encadenado.   Y Lacan encontró en Heidegger, mucho más que en el Hegel retransmitido por Kojéve, una ayuda que, en sus palabras, “salva el honor de la filosofía,” y que se vincula al entendimiento heideggeriano de “la verdad” como resultado de una interacción compleja de ocultamiento y desocultamiento que iría marcando la “página ausente” en el libro del analista como aquello esencialmente digno de pensarse incluso en cuanto falta: digamos que, a partir de ahí, pensar lo que no hay es la empresa antifilosófica por excelencia.   Para Lacan y para aquellos en su estela.  Lacan le hizo a Althusser el honor de llamarlo “Monsieur A., antiphilosophe,” abriendo así la historia de esa palabra.  

Pero dentro del pensamiento político es posible que sea, no Althusser, sino Ernesto Laclau, sin duda otro gran referente de Jorge, quien expresa de forma más clara su propia preferencia antifilosófica, esto es, de entrada, antimetafísica.  Al final de su libro Emancipación y diferencia Laclau dice: “El discurso metafísico del Oeste llega a su fin, y la filosofía en su ocaso nos ha entregado, a través de los grandes nombres del siglo, un último servicio: la deconstrucción de su propio terreno y la creación de las condiciones de su propia imposibilidad.  Pensemos por un momento en los indecidibles de Derrida.  Una vez que la indecidibilidad toca fondo, una vez que la organización de un cierto campo queda gobernada por una decisión hegemónica—hegemónica porque no está determinada objetivamente, porque decisiones diferentes también eran posibles—el reino de la filosofía llega a su fin y el reino de la política comienza” (mi traducción del original inglés, Emancipation(s) 123).  Esta podría ser la explicación más clara e intensa de la relación de Laclau a la tradición metafísica—yo no sé de otra.  La política es para Laclau no solo la política sino el horizonte mismo del pensamiento hoy, epocal, esto es, históricamente.  En el límite, para Laclau, o el pensamiento es político o no hay pensamiento (cosa que no debe descartarse en cualquier caso, pero este es otro tema).  Eso significa que solo el pensador político es pensador, y que es en cuanto pensador político que el pensador se aproxima a la categoría de héroe: “será un héroe de nuevo tipo que no ha sido todavía enteramente creado por nuestra cultura, pero que es absolutamente necesario si nuestro tiempo va a poder vivir en su posibilidad más radical y liberadora” (123).  Laclau no ha podido ser más claro: hay pensamiento político y el pensamiento político solo puede ser pensamiento hegemónico, lo cual significa que solo puede ejercitarse, operacionalizarse, para ser propiamente contemporáneo, en y por la práctica hegemónica, o hegemonizante.  La filosofía, la metafísica, esas cosas están ya bajo tierra y en silencio excepto fantasmalmente.  Hoy, si hay antifilosofía, es solo pensamiento político hegemónico (lo cual significa en general: contrahegemónico.)

Es obvio que Laclau sutura el pensamiento a la política, y esa es una de las lecciones que Jorge Alemán extrae de la lección de su amigo.   Pero, cabe preguntar, ¿es eso realmente todo lo posible?  ¿Estamos cómodos con tal conscripción—pues es conscripción, no cabe otra palabra—del pensamiento in toto a la teoría de la hegemonía?  Yo creo que Alemán—de ahí su interés en Heidegger y en Lacan—nunca lo ha estado del todo, a pesar de su anudamiento borromeico con Marx, que tampoco era, después de todo, un pensador estrictamente político.  Por eso Alemán dice de sí mismo hoy: “nosotros los que vivimos en el duelo de la izquierda . . . “  Vivir en el duelo de la izquierda no es, sin embargo, introyectar la izquierda muerta como crípta.  Por eso cuando Alemán dijo ayer que la pandemia se está llevando por delante el entendimiento de la práctica política como construcción de cadenas de equivalencia hay que escuchar eso con cierta resolución y entender, por lo pronto, que en esas palabras algo se mueve.  Yo vinculo eso que se mueve a una renuncia a la sutura hegemónica del pensamiento a la política.  Y esto es algo. Para mí, como he dicho en alguna otra ocasión, eso es lo que la experiencia global de la pandemia entrega, y que, citando al mismo Alemán, vinculo a una posible recuperación del entendimiento del humano, más allá de su ocupación del lugar del otro en la política, como ser mortal.  Podemos volver a ser mortales y ya no más sujetos más o menos disconformes con la devastación técnica del mundo que nos roba la muerte y nos condena solo a perecer, a caducar como vivos.  La recuperación de ser en cuanto ser mortal es condición de toda emancipación, pero esa emancipación ya no es una mera emancipación política vía la práctica hegemónica.  Aquí hay, obviamente, mucho que desenredar que excede las posibilidades de esta nota.

Mi interés en ella no es empujar la conversación de ayer, eso queda para otros momentos.  Lo que quiero es solo dejar constancia de que, a mi juicio, lo decisivo tuvo que ver con la constatación de la necesidad de una transformación de la existencia (“sujeto,” en los términos lacanianos de Alemán) como condición misma de toda emancipación, incluida la emancipación política.  En la conversación esto quedó vinculado a las diversas modulaciones del imperativo pindárico (aprende quién eres, y llega a ser ese que eres) en las obras de Freud y Lacan.  Para mí, esa transformación posible de la existencia, esa práctica posible de transfiguración de la existencia, se llama infrapolítica, no pre-política, por razones que no vienen al caso ahora.  Pero usted puede llamarla como le venga en gana.  Es condición, no prehistoria, de la política, y es condición mínima aunque no suficiente de llevar todo duelo de la izquierda a su fin.  Eso me pareció lo esencial de la conversación de ayer, desde el punto de vista de las cosas mismas, no de lo que diga Alemán o pueda decir yo o dijeran nuestros interlocutores. 

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