Antifilosofía lacaniana

En la página 115 de Capitalismo: Crimen perfecto o emancipación (Barcelona: NED, 2019) dice Jorge Alemán algo que para mí sintetiza bien el lugar de pensamiento en el que se instala: “el atravesamiento del fin de la metafísica propuesto por Heidegger y la antifilosofía sugerida por Lacan.”  Sabemos que esa encrucijada, en el pensamiento de Alemán, contiene el pensamiento de Ernesto Laclau, para Alemán el pensador político que ha podido extraer mejor ciertas consecuencias productivas–para la práctica política–de tal coyuntura en la estela de Antonio Gramsci (y por lo tanto de Marx).  Y también sabemos que esa encrucijada, que es de alguna manera un lugar originario, uno de los lugares originarios, del pensamiento contemporáneo, establece una excepción, un desacuerdo, respecto de, por ejemplo, Gilles Deleuze, Antonio Negri, Alain Badiou, Slavoj Zizek, Judith Butler y Wendy Brown, de los aceleracionistas y los transhumanistas, de los realistas especulativos y de la horda de camaradas neocomunistas, etc.  Pero también respecto de todo kantianismo biempensante—hay en esa postura originaria de pensamiento un abrazo del pensamiento de la negatividad, o del pensamiento de lo Real, que va señaladamente de Friedrich Nietzsche a, por ejemplo, Comité invisible, y que muchos prefieren rechazar en nombre de un retorno a postulados de sentido común que son el otro nombre de la vieja metafísica de la racionalidad y del espíritu. 

Al comienzo de su libro Alemán plantea una diferencia entre lo social y lo político: “lo social es el lugar que se resiste a dejarse abordar por lo político” (49), en tanto que lo político es “todos aquellos movimientos sociales que intentan efectuar una transmisión a lo social de una dimensión igualitaria, justa y con un horizonte emancipatorio” (48). Con esta distinción entre lo político y lo social–lo social es el lugar de la dominación fáctica, lo político la posibilidad de una emancipación con respecto de esa facticidad caída que Alemán llamará “hegemónica”– Alemán se alinea con una gran parte del pensamiento de izquierdas contemporáneo al darle a la política entendida como acontecimiento extraordinario, y solo en ese sentido, absoluta prioridad en el terreno de la emancipación humana. En el momento presente, caracterizado por la dominación neoliberal, cuya “característica más notable es la transformación del ser hablante, mortal y sexuado en un ente únicamente considerado como ‘capital humano,’ que imperativamente debe tender hacia su autovaloración permanente e ilimitada” (61), la dificultad de la política, entendida como Alemán lo hace, se hace extrema, en cuanto remite a la posibilidad de suspender la tendencia sistémica e inercial de un discurso civilizacional cuasi-totalitario–la transformación de lo humano en capital, del mundo en reserva disponible–desde recursos precarios y ambivalentes. Para Alemán la función de la política consistiría en facilitar la posibilidad de una praxis donde la “vida no esté totalmente cautivada por la trama del mercado y su despliegue” (74). De forma todavía más lapidaria y desafiante Alemán dice que la tarea de la izquierda es “pensar . . . un orden simbólico . . . para que pueda tener lugar la vida inapropiable” (74).

Mi propia posición, aunque absolutamente a favor de pensar lo que Alemán llama “la emancipación,” contra toda metafísica de la Revolución, es que la política no podrá nunca llegar a cumplir la misión a ella encomendada por Alemán; tal tarea corresponde a algo previo a la política, entendida siempre según la definición de Alemán dada arriba, que yo llamo infrapolítica, y que la política solo puede cooptar. Mi interés en esta nota es solo marcar esta diferencia (hay otra, que tiene que ver con la topología de los conceptos hegemonía-posthegemonía, que yo revertiría con respecto de las posiciones que les da Alemán). Alemán dice: “la praxis del psicoanálisis [pero esto también significa: la antifilosofía lacaniana] solo puede conversar con la diferencia ontológica si la misma es interpretada en términos políticos” (130-31). Mi objeción es predecible: la antifilosofía lacaniana puede conversar mucho mejor con el pensamiento de la diferencia ontológica en términos infrapolíticos. La infrapolítica está lejos de ser antipolítica, pues también ella apuesta por la configuración de un orden simbólico colectivo que deje estar la vida inapropiable; es trivial en ese sentido volver a decir que la infrapolítica es por lo tanto también política. Pero antes de pensar una emancipación hegemónica, incluso como mera posibilidad, es necesario establecer su posibilidad modal infrapolíticamente. Esta es para mí la tarea de la infrapolítica como antifilosofía. La política sin infrapolítica es ciega y vacía, incluso desde la definición de Alemán.

  

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